Preparativos:

A primera hora (a las 8:30 h… es que antes, no había nadie por el mundo) empezamos a vestirnos para emprender esa misma mañana, nuestro largo recorrido hacia el oeste. Después de haber probado el congelador Irlandés, las capas se sucedieron del siguiente modo, calcetines gordos de montaña, mallas térmicas, pantalones de pana, camiseta interior térmica, 2 capas en camisetas de manga larga, cuello y/o capucha, forro polar, bufanda, anorak, braga, guantes y gorro… y cuidado, si de repente se te ocurría quitarte los guantes para rascarte la cabeza, o cualquier idiotez semejante!!! cuidaaaaao!!!!

Talbot St. mostraba este aspecto a primera hora de la mañana.

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En marcha: Cruzar la calle también fue una pequeña aventura… no por la circulación, sino por las heladas que por la noche, dejan ese manto en aceras y asfalto, tan transparente como peligroso!.

Ya en el coche, navegador en mano (aunque con el mapa de carreteras, y las buenas indicaciones del país, no hace falta), nos dirigimos por la nueva M4 hacia Galway, para detenernos antes en Colmacnoise.

La carreterita que se desvía hacia las inmensas ruinas del monasterio paleocristiano, parece que te transporte hacia otro tiempo. Había llovido y estaba helada, ese aspecto… gastado, el oscuro y desconchado asfalto, las casitas de colores a ambos lados de la serpenteante, márgenes de piedras grises perfectamente apiladas, las praderas que aparecen tras los cambios de rasante, y los tractores con los que se comparte el espacio, te introducen en la Irlanda rural, la Irlanda tranquila, minuciosa, paciente y trabajadora.

El conjunto, es sobrecogedor! la muerte forma parte de esa cultura, las cruces de piedra de influencia Celta se suceden y siempre se muestran con respeto, delante de los lugares de culto. Es un bonito montículo desde dónde observar la belleza del horizonte y el Shannon que lo acompaña.

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Medio camino más: Retomamos la carretera y llegamos a Galway (en Galéico, Gaillimh). Allí el ambiente es distinto, es una ciudad abierta al océanos, se percibe el sabor del agua salada y su centro no ha perdido aquel aspecto marinero, aunque tampoco le faltan espectaculares edificios que forman parte de su patrimonio. Nos detuvimos para el tentenpié.

  • Eddie Rockets. hamburguesería ambientada como en los años 60. Rockabilly total!!! asientos de skai rojos y Heinz Ketchup sobre la mesa. Adress: en la entrada de Dalys Place.

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Hasta Doolin?: A pesar del persistente hielo y de que la nieve también estuviera presente durante todo el trayecto, queríamos llegar a Doolin aunque no llegaramos a ver los acantilados ese día, ya que a las 4:30 de la tarde oscurecía rápido. A medio camino entre Ballyvaughan y Lisdoonvarna, empezamos a subir el puerto de montaña de la pequeña colina que los separa, y no tardamos en empezar a resvalar…

– No podemos seguir… ¿que hacemos?

– No ves que aquí estamos en medio de la nada… moriremos congelados! tiramos un poco más arriba, a ver si encontramos un B&B

– Más arriba?!?!

– Si, sí! más arriba… coges la curva más abierta y listo!

– Por el otro carril ?!?!… moriremos despeñados!

 Seguimos 100 metros más hasta lo que nos pareció la cima, allí fue peor! nos sorprendieron 30 cm de nieve en la carretera… pero había alguien!!!.

En la parte más occidental de la Isla, y en los pequeños reductos, es dónde se puede oír aún el Galéico, y dónde desde luego, algunos lugareños lo tienen muy presente y lo incorporan, a forma de coletillas, a sus expresiones habituales. Así nos pasó con el abuelo de la montaña, a quien hemos denominado cariñosamente, Señor Redmond… en cuanto nos soltó dos frases incomprensibles, nuestras caras de pasmo le debieron parecer de lo más divertido, un auténtico entretenimiento, porqué siguió unos 2 minutos sin pausa alguna… y el tío se meaba!!! jejeje

Así que dimos media vuelta y tuvimos que pasar la noche en Ballyvaughan.

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Una novedad: Lavamos nueva cámara! Canon-EOS 450… una verdadera gozada (espero que las fotos os gusten!).

Todo para nuestra nueva cámara, en DiseFoto.